Viñedos de La Sima: fertilidad de la tierra y biodiversidad.

Enclavada en el llano manchego, al oeste del término municipal de El Provencio (Cuenca), a 700 metros de altitud, la viña de «La Sima» se encuentra junto a una depresión tectónica, formada por el colapso de oquedades calizas del subsuelo y que da nombre al paraje.

Está rodeada casi en su totalidad por un gran bosque mixto de encinas y pinos con un buen sotobosque de diversas especies aromáticas y arbustivas, que constituye una inmensa mancha verde de biodiversidad en el corazón de La Mancha.

El clima de la zona es mediterráneo-continental de inviernos muy fríos y veranos muy cálidos y áridos. La dureza de este clima aún se manifiesta mayor en el microclima de nuestro viñedo por efecto de la depresión tectónica y el abrigo que supone el bosque que la rodea y que hace que la amplitud térmica

que tiene que soportar llegue a superar los 20º centígrados y que favorece los procesos de maduración de la uva. Este riguroso clima nos ayuda también a formar uvas muy bien dotadas de polifenoles, sintetizados por la cepa como respuesta a estas condiciones extremas. Las altas temperaturas y escasas precipitaciones estivales harán que no se desarrollen enfermedades criptogámicas y podamos cultivar nuestras uvas sin necesidad de tratamientos, ni preventivos ni curativos.

Esta cubierta vegetal, aparte de mejorar extraordinariamente la fertilidad por acción de las miles de raíces y microorganismos de nuestro suelo, lo estructura perfectamente, haciendo que se aproveche toda el agua de lluvia, evitando escorrentías y evaporaciones. Se convierte así el suelo en una gran «esponja» capaza de absorber toda el agua de lluvia caída, por intensa que ésta sea, sin apenas formaciones de charcos ni escorrentías que supongan la pérdida de suelo o de agua.

El suelo sobre el que vegeta la viña es calizo de poca profundidad, de textura franco-arenosa, que con el manejo con las cubiertas vegetales de especies espontáneas, ha venido mejorando en estos últimos años. Es ahora un suelo fértil, vivo, capaz de reciclar todos los restos orgánicos que vuelven a él (restos de la cubierta vegetal, de los sarmientos de poda, de los hollejos de la bodega), cerrando así un ciclo biológico.

Otro factor que se ve ampliamente mejorado con el manejo con las cubiertas vegetales es la biodiversidad del agroecosistema. Existe una gran cantidad de especies vegetales autóctonas, que se desarrollan junto a las cepas, rompiendo el carácter de monocultivo propio de los viñedos convencionales, y constituyendo una extensión del bosque que nos rodea, aumentando ese pulmón natural.

Es, a su vez, un gran refugio para la micro fauna y fauna superior. Aquí proliferan un gran número de especies de artrópodos y pequeños vertebrados, casi todos fauna útil, que ayudan a descomponer la materia orgánica, haciéndola asimilable para las plantas, y a regular las poblaciones de especies fitófagas que podrían constituir un problema de plagas para nuestras viñas.

Se consigue así ese equilibrio natural de especies (orgánico, biológico), objetivo de nuestro sistema, desde el principio de «trabajar junto a la naturaleza, no contra ella», haciendo innecesaria la intervención exterior con productos ajenos a la viña. No necesitamos abonar ni tratar con sustancias químicas externas, garantizando así que no tendremos residuos de nada (ni venenos, ni estimulantes hormonales, ni aditivos añadidos; nada).